Bosque.


He venido. A través de las colinas, y los valles, he venido. A responder a la llamada de los bosques sempiternos y de sus sombras anhelantes, que susurran. He venido a buscar las palabras ya dichas; a reencontrarme con la luz que iluminó a mi alma entonces y que hoy puja por volver a entrar. A recorrer los senderos olvidados y a abrir nuevos caminos por la espesura. A buscar los tesoros entonces enterrados y hoy, ya casi olvidados. A beber con la mirada las formas cambiantes de los árboles, de las nubes en el cielo, de las aves que se esconden en las ramas. A sentir en la piel el calor perdido y a recuperar el gusto de los aromas que alguna vez me conmovieron. He venido, en fin, a esenciarme.
Y en esencia, soy un caminante. Los senderos solitarios me reclaman constantemente. Las calles desiertas bajo la luz de la luna, las rutas de piedra blanca que brillan bajo el sol y parten al medio los terrenos salvajes de la llanura, los campos infinitos de hierba verde y tierna que se extienden hasta la inmensidad. Caminando pienso, caminando me reencuentro, caminando vuelvo a escuchar la voz, tan largamente extrañada, que sólo escuchan quienes hablan solos. La voz lenta y firme del corazón. La voz interior de los pensamientos.
Alguna vez leí en algún sitio la siguiente frase, típica de la moda ochentosa de poner por todos lados frases reflexivas e inevitablemente optimistas. Creo que fue en una pizzería. El espejo, o el almanaque, o el cartelito, o lo que fuera rezaba: “Algún día, en cualquier parte, indefectiblemente has de encontrarte contigo mismo. Y sólo de ti depende que sea tu momento mejor, o la más amarga de tus horas.” Creo que he pasado con felicidad esa prueba. En la inmensidad me esperaba el fantasma del que fui, y no tenía demasiadas cosas para reprocharme. Sólo, quizás, que haya tardado tanto en ir a verlo.

Es hermoso perdonarse.