Ventana.


Una sombra trémula recorre el muro. Es la silueta de un hombre alto y encapuchado. Las luces ardientes, despiadadas, que iluminan la calle, le dan una entidad claramente definida sobre el blanco resplandeciente de la pared en la que se proyecta. La sombra baila, siguiendo las imperfecciones de la superficie que mancha. El hombre camina apresurado y se detiene frente a una ventana. Allí se queda inmóvil, como presa de una súbita indecisión.
Una mano anhelante se levanta, a punto está de tocar el postigo, pero se detiene. En algún lugar del cielo, lejano, estalla un trueno. Su luz reverbera en las nubes, por detrás de la maraña de edificios que rodean la barriada. La calle está silenciosa, y el viento amaina, preparándose para soplar con fuerza en la tormenta. Un perro ladra a lo lejos y se calla con un gemido. Alguien lo silenció de mala manera.
El hombre trata de adivinar algún movimiento detrás de la ventana, pero no logra ver nada. Quiere que su presencia sea advertida por alguien; al tiempo que la misma perspectiva lo aterra. No sabe si revelarse con unos certeros golpes en la madera, o si esperar que alguna circunstancia fortuita conlleve a una apertura de la ventana y a un descubrimiento involuntario. El sonido de la lluvia llega lejano, ya está diluviando en el centro de la ciudad. El aire se empieza a poner húmedo y dulzón, y eso al hombre le agrada.
La Mujer Amada vive en el interior de esos muros. Él la conoce desde hace años, pero sólo ahora se ha animado a asumir lo que supo siempre: que nunca nadie le hará sentir lo que le hace sentir esa mina. Se debaten dos voces feroces en su interior, una a favor de una declaración de amor sincera y apresurada, la otra a favor de irse y dejar de hacer el ridículo. Ninguna de las dos logra imponerse realmente.
Se abren las compuertas del cielo y sobre él caen mares. La lluvia arrecia con ferocidad y en pocos segundos el hombre está empapado. Sabe que tocar la ventana ahora sería inútil, nadie abriría en medio de semejante tormenta. Pero aún así, no puede irse. Desea con fervor lo que está detrás de los postigos, lo necesita más que al aire o más que al agua. Ha ido allí mil veces, noche tras noche. Cada vez que se distrae, sus pasos lo llevan a ese sitio. Pasa más tiempo allí que en Misa, que escribiendo, que tomando decisiones para encausar su vida. Pero siente que no tendrá fuerzas para hacerlo de nuevo, y está cansado. Cansado de amar en silencio. La situación lo altera. Casi prefiere el desprecio, liso y llano, que esta incertidumbre edificada sobre las alas de su cobardía.
Pronto las bocas de tormenta se atragantan y el agua empieza a llenar lentamente las calles. Buena parte de la ciudad se inunda. Algunas casas en la periferia son seriamente dañadas por el viento. Caen un sinfín de árboles. Pero él, no se mueve.
En un momento su voluntad baja la guardia, y su mano actúa sola. Golpea el postigo con fuerza, una, dos, tres veces. Durante unos minutos no sucede nada. El hombre espera, hasta que su esperanza se muere. Entonces, se aleja, aún bajo la lluvia.
En el momento en que su silueta gris dobla en una esquina y se pierde de la vista, la ventana se abre.

Pero ya es tarde.