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Bajo la sombra de una brizna de hierba camina una hormiga preocupada. La inmensidad se alza sobre ella, pero… ¿no se alza sobre todos nosotros? Desde las alturas incomprensibles por donde andan las nubes, ¿no somos todos igual de insignificantes? Y si observamos al mundo desde la distancia astronómica, casi irracional -en la medida de lo que puede razonar un hombre promedio-, que nos separa del resto de los planetas, ¿no es todo nuestro mundo, como decía Sagan, apenas una mota de polvo que baila en un rayo de sol? Sueño, como el Dr. Seuss y el elefante Horton, con mundos que habitan en las motas de polvo que se posan sobre mi escritorio, con la sucesión de mundos infinitos y de Universos en el interior de otros Universos. ¿Cuáles serán las posibilidades del azar si, como sospecha la física, la cantidad de Universos paralelos equivale a todas las posibilidades que a través de las cuales se han deslizado o se han fugado los eventos? Sin embargo, llegar al Universo de al lado, por más cerca que esté, no es más posible que llegar a la siguiente estrella. Estamos clavados en el suelo, aunque hayamos dado un par de saltitos ridículos hasta la Luna. No desdeño la epopeya de quienes llegaron a posar sus pies sobre el mundo blanco que vela nuestras noches; sólo que, en las dimensiones colosales del Espacio, cuatrocientos mil kilómetros no son nada. Apenas un segundo luz, en un Cosmos que se mide en miles de millones de años luz.
La Luz. Últimamente captura siempre el ojo de mi mente. Por supuesto, está la forma en que la luz se refleja en cierta sonrisa que amo, en ciertos ojos que me vuelven loco. Pero también la luz sobre la hierba, la luz que se refleja en el paredón y entra a raudales por la ventana, la luz de los relámpagos distantes, la luz de las estrellas. La luz, esa ilusión que crea nuestro cerebro cuando los receptores nerviosos de la retina son estimulados por ondas electromagnéticas de diferentes frecuencias. Frecuencia, vibración. Igual que el sonido, sólo eso es la luz. Eso dice la Ciencia. Pero mirando un atardecer sobre la pampa, no lo comprendo. Escuchando el aria “Va Pensiero” de Verdi, tampoco. No pueden ser sólo el estímulo de una frecuencia en un nervio. En los atardeceres hay cierta magia, al igual que en la música, al igual que los ojos que amo. Una magia que se llama Belleza. Siempre he dicho que la Belleza es la huella que Dios deja en las cosas que crea. Es como encontrar las huellas digitales del alfarero en una vasija, o notar las marcas del pincel en una pintura. El Creador deja algo de sí mismo en lo creado.
Dios. Cuánto he pensado en él, cuánto sigo pensando. Es incomprensible cómo ideas tan diferentes pueden convivir en paz en mi interior. Porque no creo, y creo. Por un lado entiendo que Dios puede ser una abstracción infantil, un cuento que nos contamos a nosotros mismos los que estamos desesperados por no encontrarnos, un día, con un Universo frío, vacío y sin sentido. Pero al mismo tiempo, creo, porque… quizás esté loco, pero yo siento su presencia. La siento claramente a veces. Hay un científico que asegura que es un efecto causado por cierta parte del cerebro. Inventó una máquina que estimula esa región del cerebro y le hace vivir a la gente experiencias paranormales. Quizás sea esa la explicación de lo que siento, no lo sé. Pero yo lo siento claramente. Y ha habido algunos eventos que, mirándolos de cierta forma, pueden ser entendidos como señales. Pero, visto de otra forma, pueden ser sólo sorprendentes casualidades o eventos comunes interpretados de forma errónea. Y a pesar de todo eso, yo creo. A veces quiero no creer, pero nunca lo consigo. La Fe que tengo está tan arraigada, que siento que nunca voy a dejar de hablar con Dios cuando me distraigo.
Ahora… ¿qué implica creer en Dios? Que la vida es sólo un paso. Que el alma es Eterna. Que algún día habrá un Reencuentro. Que cada vez que perdemos algo, cada vez que sentimos tristeza, cada vez que algo nos derrota, es sólo pasajero. Es posible llegar a las mismas conclusiones por caminos racionales, lo he intentado y lo he logrado. La verdad es que no lo sé. La verdad, es que no importa. Porque tardé en entenderlo, pero no gobierno el futuro y no soy esclavo de mi pasado. Lo único que gobierno es el instante. Y, como Mandos, el personaje de Bel Atreides, tengo que encontrar la manera de perpetuar la eternidad del instante. Cuando todos logremos hacer lo mismo, la Humanidad será invencible. Siempre y cuando comprendamos que vencer es vencerse. Como dice el Témpano: la lucha es de igual a igual contra uno mismo, y eso es ganar.
Ganar. El mundo dice que uno gana cuando obtiene lo que quiere, pero el amor es raro. A veces, cuando amás, ganás cuando renunciás a lo que querés. Porque el amor te arranca de vos mismo, y hace que vos ya no importes, que sólo importe el otro. Entonces; ganar es que gane ella, que gane él, que ganen todos. A veces duele, no lo niego. Pero, como la Beata Teresa de Calcuta y otros hombres y mujeres cercanos a Dios han dicho, es lindo amar hasta que duele. Te permite llegar a un estado de humildad y comprensión distintos. Te hace sentir mejor con vos mismo. Es como estar de pie, desnudo, frente a la puerta del Cielo. Podés ver lo que hay del otro lado, y es hermoso.
Puertas. A veces me quedo, y las miro. Miro las líneas de la madera, o la forma que les dio el carpintero. Miro las cerraduras. Miro las puertas como miro todo, con ojos curiosos, atentos, abiertos, hambrientos. Quiero conocer la historia detrás de cada pedacito de Universo con el que me encuentro. De las historias que escucho, de las canciones que me emocionan, de los libros que leo. Quiero comprender, entender de dónde viene y a dónde va todo. Nunca se llega a ninguna respuesta, eso es imposible. Toda noción es sólo parcial, todo conocimiento deja más interrogantes que certezas. Y así poco a poco voy descendiendo por la rampa que me lleva a regiones cada vez más profundas de mí mismo, y del Unvierso que se refleja en el espejo manso de mi alma. Porque uno nunca ve lo que ve. Sólo ve lo que se refleja allí, en el interior. Uno ve lo que uno entiende, lo que uno puede entender.
Entender. Hay momentos en los que no entiendo nada. Momentos en los que entiendo todo. Y momentos maravillosos, donde ambas sensaciones se mezclan y se potencian y entiendo que, precisamente, entender es abrazarse a la idea de que el Universo es maravillosamente incomprensible y que nunca va a dejar de sorprendernos. No digo cosas nuevas. Sócrates lo adivinó mucho antes. Sólo sé que no sé nada.
Nada. La Nada. El vacío. La oscuridad. ¿Puede ser ese nuestro Destino? El Universo agoniza desde que fue creado. Tiene los eones contados. La energía se gasta rápido, convirtiéndose en estados caóticos de materia o de energía que no pueden ser recuperados. Es la Entropía, que lo devora todo poco a poco, como bien lo notó Asimov en su extraordinario relato “La Última Pregunta”. Las estrellas se encienden cuando la presión en el interior de las nubes de gas en el espacio es lo suficientemente grande como para fusionar dos átomos de hidrógeno. Las estrellas se disuelven cuando mueren y largan toneladas de materiales al Universo. Y de ahí venimos. El Carbono, el Oxígeno, el Nitrógeno y el Fósforo y muchos elementos más que nos constituyen, fueron forjados en las estrellas. Estamos hechos de polvo de estrellas. Los átomos que constituyen nuestros cuerpos fueron creados hace miles de millones de años en algún astro distante que quizás se apagó hace tiempo. Tres generaciones de estrellas, al menos, nos preceden. Es maravilloso. Vos, yo, mi abuelo que mira tele acá a unos metros de mí, todos los personajes que vio nacer la historia y todas las personas que hoy caminan sobre la faz de este mundo estamos hechos de lo mismo: de polvo de estrellas.
También la hormiga, que camina preocupada bajo la sombra de una brizna de hierba.