Pétalo


En algún lugar remoto, allá lejos, detrás del horizonte, sobre las olas encrespadas del mar, nació una brisa. Viajó, volando por sobre la espuma y las ondas agitadas hacia los acantilados lejanos, trepó por sobre las rocas desnudas de la playa y resonó en las cuevas vacías hasta acariciar el pasto que crecía al borde del alto abismo. Se escurrió entre las briznas de hierba, cruzó sobre el asfalto que el sol había calentado durante todo el día. Pasó como un hálito entre las casas blancas y de techados rojos, a través de las ramas de los árboles y por encima de los sólidos paredones. Agitó ligeramente las aguas de los charcos, acarició la lengua de un perro exhausto de correr a su sombra y penetró en un jardín escondido en el que crecía un alto cerezo de ramas oscuras y florecillas rosadas.
La brisa tocó a un pétalo que se balanceaba frágil sobre la tierra, y lo desprendió. El pétalo cayó, flotando ligero sobre las corrientes livianas de aire, describiendo una larga curva en el éter invisible. Llegó finalmente a la hoja blanca de mi cuaderno, en donde las palabras aún no crecían, porque no encontraban su camino desde la profundidad de mi alma. El pétalo reflejó la luz del sol, y ésta era hermosa.
Me quedé mirándolo con los ojos secos y el pensamiento vacío. Pasaron las horas. Las sombras cambiaron, el cielo se despejó, los pájaros le trinaron sus penas a la nada. Respiré hondo. Sentí el olor de la tierra, del cerezo, del limonero que lo acompañaba, del estiércol seco de los perros, de la madera húmeda del alero, de los ladrillos del muro que cercaba el jardín.
Entonces, tomé mi pluma y escribí sobre la hoja una sola frase. Después, cerré el cuaderno, atrapando al pétalo en su interior. Entre a la casa, me senté frente a la computadora y distraídamente dejé el anotador a un lado de mi escritorio. Pasaron los días, vinieron las cajas, el cuaderno quedó dentro de alguna. Pasaron los años.
Te conocí, me amaste, te perdí. Vinieron otras historias, otros amores, otras amistades y desafíos. Una década pasó en un instante. De pronto era viejo, tenía una hija, y una hoja repleta de tareas pendientes; ninguna placentera, ninguna satisfactoria. Fue por ese entonces que me llegó otra vez el resplandor que habita en tus ojos, aunque el amor no lo acompañaba.
Una tarde estaba revisando cajas viejas y encontré el pétalo. Sucesivos movimientos fortuitos a través de los años le habían permitido escapar del abrazo de las hojas, encontrar los resquicios del cartón y escapar otra vez al mundo. Me quedé mirándolo, y recordé mi viejo cuaderno. Revolví las cajas hasta encontrarlo.
La frase seguía allí. Estaba escrita con una versión muy antigua de mi propia letra, cuando todavía hacía las “a” más parecidas a letras “g” invertidas que a letras “o” con una cola. La letra era esforzada y lenta, pero aún así, seguía siendo una fea caligrafía. Ya nunca escribo con mis propias manos.
Hablar con uno mismo a través del tiempo es siempre dulce y doloroso. Las promesas de ayer pocas veces se mantienen. La vida está hecha de esperanzas, pero también de profundos desengaños. Yo cumplí con mi palabra en la intención, porque nunca quise olvidarte; pero no en los hechos, porque vos, un día, ya no me amaste más. Amargo y dulce, ambas cosas es el Destino.

En la hoja decía: “El día en que la encuentre, en que logre por fin aferrarla en mis brazos, no voy a dejarla ir nunca más”.