Lluvia


El viento y la granza se entremezclan en un fantasma, sutil y raudo, que pasa por mi calle. Repiquetean las partículas del polvo sobre las hojas de los árboles, sobre la madera de las puertas cerradas. La calle, breve, se alarga hasta lo imposible, como si en vez de un sendero blanco de grava que hiere al barrio, fuera un desierto infinito; la apoteosis de todos los desiertos. Camino como si llevara un gran peso en el corazón. En el cielo, las nubes grises se aparean, se ennegrecen, se preñan de densa lluvia.
Hay chispas en el aire. Un chimango grita. Las piedritas crujen bajo mis pies. Mi imaginación vuela lejos, y casi puedo ver el desierto que imagino. Casi me convierto en ese caminante sobre el que sueño escribir algún día. Serrat y Machado se reúnen en mi cabeza y entremezclan su melodía y sus palabras con mis pensamientos. Un cedro, mutilado de tantas podas, frustrado en su esperanza de vida colosal y magnífica, diminuto y domesticado, se alza solitario en una esquina. Un ligustro gigantesco busca, en ese día gris y apelmazado, a su sombra fugitiva y no la encuentra.
Aún soy un crío, y todavía temo a los perros del barrio. Ellos presienten mi miedo y se enloquecen a mi paso, ladrándome con devoción. Uno de ellos, enorme, viejo –el cáncer lo mataría sólo unos años más tarde-, se me acerca furioso. Es agresivo, pero los dueños lo dejan siempre suelto y sin correa. Se me arrima peligrosamente, me ladra, hasta llega a tocarme la mano con su nariz siempre fría. Me aterro, y aprieto el paso. El perro me sigue, perezosamente, y después se queda.
La casa ya está más cerca y al mirarla, veo algo que me deja extasiado. Allá, a trescientos metros de mí, ya llueve, pero donde estoy yo todavía no. Veo como la lluvia avanza, como si alguien corriera una cortina. Veo cómo el mundo se vuelve más oscuro y contrastado a medida que se acerca. Veo cómo la granza se apelmaza, cómo los techos se lustran, cómo los desagües empiezan a vomitar.
La lluvia finalmente me alcanza, repiquetea en el exterior de mi capucha y el agua se escurre por mi campera, mojándome el vaquero a la altura de las piernas. El ruido de la lluvia es ensordecedor.
Entonces, me detengo. Tengo alguna vaga conciencia de que mi mochila no es del todo impermeable y que puedo llegar a perder todos los apuntes del colegio. Sé que en un día frío como ese, puedo terminar enfermo de algo peor que una pulmonía. Sé que mi vieja va a retarme, pero hay cosas que uno no controla. Nace así, y no se puede hacer nada.
Retiro la capucha y me planto en plena calle. Miro hacia arriba y trato de dejar los ojos abiertos. Me fascina la visión de las gotas precipitándose hacia mi rostro. Sonrío, y saco la lengua para probar el sabor del agua fría. No tiene ninguno, pero eso también, a su modo, es un sabor.
El olor de la tierra húmeda me llena los pulmones. Los árboles de la Villa Marista y los que están alrededor mío, en las calles, se bambolean al viento y llenan el aire del aplauso de sus ramas. Los techos de lata de los autos y de algunas casas dan a luz a un estruendo; que lleva el mismo ritmo que el caer de las gotas. La lluvia arrecia y yo sigo mirando al cielo. Pienso, sin saber bien por qué lo pienso, si me acordaré de ese día quince años más tarde, y miro las nomeolvides al costado del camino, para recordar más o menos la fecha.

Y quince años después, lo recuerdo.